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Elizabeth Randbrury-Rightmeister es una chica normal. Vive en una ciudad al norte de Inglaterra, en una hermosa casa blanca, rodeada de álamos. Ella tiene quince años. Si la conocieras, no necesitarías verla para saber que esta haciendo en este momento.
Se encuentra en una pieza pintada de verde, decorada afanosamente con flores negras, pintadas por Elizabeth. Ella esta sentada en un sillón de cuero negro, haciendo lo que siempre hace, dibujar. Tiene un block en su regazo, y su mano derecha se mueve agilmente sobre este formando hermosas figuras.
Es la hora del crepúsculo, y la luz ilumina la colina donde se encuentra la casa de Elizabeth. La luz entra a raudales por la ventana, creando reflejos rubios en el castaño pelo de la muchacha, haciéndolo contrastar con su tez blanca.
-¡Beth!-la llamo su madre desde el primer piso- ¡A merendar!
-¡Ya voy!-dijo al tiempo que suspiraba.
Se amarro el pelo en una coleta, y bajo rápidamente las escaleras hasta la cocina.
-¿Mermelada de fresa o durazno?-preguntó su madre con la cabeza metida en el refrigerador.
-Fresa.
Elizabeth se sentó en la mesa, y comenzó a tomar pequeños sorbos de té.
-¿Como va el colegio?-la animó a hablar su madre.
-Bien.
-¿No ha pasado nada?
-Nada.
-Ok, termina tu té, y lavas la taza-dijo, y salió de la cocina, con una taza de café en la mano.
Cinco minutos después, Elizabeth se encontraba paseando por su jardín. Desde ahí podía ver la siguiente casa. Nadie la había habitado en años, y luego, hace tres meses apareció esa misteriosa familia. Ella había visto al menor de lo cuatro hermanos en una de sus clases, literatura.
-Creo que se llama Darkson, o algo parecido-murmuro para si misma.
Se sentó bajo uno de los tanto álamos, que su bisabuelo había plantado en su juventud. Observaba a lo lejos la misteriosa casa, suponiendo las causas de la mudanza de sus nuevos vecinos.
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